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jueves, 3 de septiembre de 2009

Nº2 de Jóvenes Bárbaros.


La Nobleza, los Valores y la Ética, en conclusión el Honor, todo escrito con mayúsculas, no es solo cuestión de guerreros occidentales como fueron los caballeros medievales, cruzados y similares. Ni tampoco fue cuestión de griegos, espartanos o no, ni esas legiones romanas, ni pensando en guerreros más cercanos en el tiempo, en primeras y segundas guerras; también, en el lejano Oriente, existieron tales valores en sus gentes.

Valores esgrimidos como una segunda piel, más valiosa la no vista, que la que pudiera verse. La entrega total por amor a la patria, a tu cultura, en conclusión a tu forma de vida, regalando tu aliento en pos de su defensa, de manera alegre y valerosa, con orgullo, como si de presente se tratase el entregar tu vida por ello y una deshonra el llevar una vida acomodada e improductiva, cobarde en extremo el no darse en la batalla y se llegaba a buscar la misma muerte. Muy semejante a la conciencia que asistía al pueblo espartano, muy distantes en tiempo y geográficamente, pero con el igual espíritu del pueblo que es, y se sabe guerrero.

El sibilante ardor de la batalla, que se les escapaba por entre los dientes, mientras cruzaban, batían y rompían el arma contraria, ese espíritu de los grandes guerreros orientales, se desliza por estas líneas, síguelo, búscalo y si lo encuentras, aprehende de él, enriquece tu Ser y Él te será en esta vida y en cualquiera de las que vengan.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Nueva publicación digital juvenil del MSR: Jóvenes Bárbaros.


¡Ah, ser bersekir!

La dictadura del pensamiento único y de lo políticamente correcto arrasa en todas las artes y espectáculos. ¿En todos? No, pequeños géneros literarios siguen resistiendo contra todos los intentos de estandarización igualitaria. Se trata de géneros en los que los sueños más locos se hacen posibles, en los que aún existen héroes, e incluso Héroes con mayúscula, villanos, la nobleza triunfa, los malvados mueren y la voluntad de poder se expresa con arranques nietzscheanos. La ciencia ficción, la fantasía heroica, el cuento de terror a la manera de Lovecraft, la fabulación histórica nos permite escapar por breves momentos a la triste realidad de un mundo dirigido desde bancos o clubes secretos.

En esos mundos que a veces son del pasado, a veces del futuro, a veces simples mitos, sueños y pesadillas los autores pueden recrear sociedades distintas a aquella en que vivimos, sociedades en que el valor es rey.

domingo, 2 de agosto de 2009

Esa gentuza, por Arturo Pérez Reverte‏.




Paso a menudo por la carrera de San Jerónimo, caminando por la acera opuesta a las Cortes, y a veces coincido con la salida de los diputados del Congreso. Hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, periodistas dando los últimos canutazos junto a la verja, y un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados ellos y peripuestas ellas, saliendo del recinto con los aires que pueden ustedes imaginar. No identifico a casi ninguno, y apenas veo los telediarios; pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose graves, importantes, seguros de su papel en los destinos de España, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando líneas maestras de la política nacional y periférica. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes a medida, zapatos caros y maneras afectadas de nuevos ricos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Diputados, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato. Ni haber trabajado en su vida.. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las nueve de la mañana, o buscar curro fuera de la protección del partido político al que se afiliaron sabiamente desde jovencitos. Sin miedo a la cola del paro. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando me cruzo con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimento un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo, como digo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su puta madre.

Sé que esto es excesivo. Que siempre hay justos en Sodoma. Gente honrada. Políticos decentes cuya existencia es necesaria. No digo que no. Pero hablo hoy de sentimientos, no de razones. De impulsos. Yo no elijo cómo me siento. Cómo me salta el automático. Algo debe de ocurrir, sin embargo, cuando a un ciudadano de 57 años y en uso correcto de sus facultades mentales, con la vida resuelta, cultura adecuada, inteligencia media y conocimiento amplio y razonable del mundo, se le sube la pólvora al campanario mientras asiste al desfile de los diputados españoles saliendo de las Cortes. Cuando la náusea y la cólera son tan intensas. Eso me preocupa, por supuesto. Sigo caminando carrera de San Jerónimo abajo, y me pregunto qué está pasando. Hasta qué punto los años, la vida que llevé en otro tiempo, los libros que he leído, el panorama actual, me hacen ver las cosas de modo tan siniestro. Tan agresivo y pesimista. Por qué creo ver sólo gentuza cuando los miro, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos escaños hace veinte o treinta años, he pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y pagados de sí mismos, sin distinción de partido ni ideología, pueden amargarme en un instante, de este modo, la tarde, el día, el país y la vida.

Quizá porque los conozco, concluyo. No uno por uno, claro, sino a la tropa. La casta general. Los he visto durante años, aquí y afuera. Estuve en los bosques de cruces de madera, en los callejones sin salida a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conozco las consecuencias. Y sé cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije. Que lea y mire. Algún día, si tengo la cabeza lo bastante fría, les detallaré a ustedes cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las dietas, los privilegios y los coches oficiales. Cómo organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes turísticos que pagan los contribuyentes. Cómo se han trajinado –ahí no hay discrepancias ideológicas– el privilegio de cobrar la máxima pensión pública de jubilación tras sólo 7 años en el escaño, frente a los 35 de trabajo honrado que necesita un ciudadano común. Cómo quienes llegan a ministros tendrán, al jubilarse, sólidas pensiones compatibles con cualquier trabajo público o privado, pensiones vitalicias cuando lleguen a la edad de jubilación forzosa, e indemnizaciones mensuales del 100% de su salario al cesar en el cargo, cobradas completas y sin hacer cola en ventanillas, desde el primer día.

De cualquier modo, por hoy es suficiente. Y se acaba la página. Tenía ganas de echar la pota, eso es todo. De desahogarme dándole a la tecla, y es lo que he hecho. Otro día seré más coherente. Más razonable y objetivo. Quizás. Ahora, por lo menos, mientras camino por la carrera de San Jerónimo, algunos sabrán lo que tengo en la cabeza cuando me cruzo con ellos.